
... Mexiko (con ganas... ...de México).
Yo disfruto mucho viajar en el metro. En la Ciudad de México, con todo y lo que ello implica, es algo que siempre me atrae. Si por algo nunca compré un coche en México fue por razón del metro, ecológico, funcional y tan folklórico; nunca quisé renunciar a viajar en él, aprovechar el tiempo de traslado y leer un libro, ver a la gente, su comportamiento, lo que sucede, los posibles paisajes, entre otras, no tienen precio. Es el metro, con la más positiva percepción, hasta terapeútico. Si bien no siempre es disfrutable el 80% del tiempo lo es y vale la pena.
Esa costumbre de viajar en el metro sigue acá en Estocolmo y si disfruto mucho esta ciudad es por razón al transporte público. En muchos lugares, sobre todo en USA y México, utilizar éste, es una vinculación directa, en muchos de los casos, a una cuestión de posición social; acá, no es de tal envergadura esa vinculación. Puedo decir que una buena forma de conocer una ciudad es a través del metropolitano. Los paisajes de Estocolmo en invierno, primavera, verano, otoño son de postal.
Siempre cosas interesantes me han pasado en el metro. Y es en él cuando más se me recuerda a México. La razón, muy sencilla, en él, he conocido a otros mexicanos, en él, viví un momento alegré con un borrachín sueco casado con una mexicana, recuerdan el relato, en él, he encontrado las fotos de algunas playas mexicanas, en él, he visto cómo sería un swemex (Dalarnashäst con bigote) y recientemente una anécdota más sobre México me sucedió ahí.
Una pareja sueca abordó el metro justo en la misma estación que yo y se sentaron frente a mí. Me llamaron la atención debido a su belleza bastante peculiar ante mis ojos tanto que no pude evitar mirar el cuello de la chica. Una extraña figura pendía de él, quisé reconocer la forma a primera vista pero ésta no pudo ser mantenida, no es prudente mirar así al prójimo. Sigilosamente y traviesamente me atrevía a observarle de nuevo la figura del cuello, ella se dió cuenta, él también pero ya era tarde, había descubierto de qué figura se trataba.
Para evitar alguna mala interpretación me apresuré a preguntar: -Har ni varit i Mexiko? (¿Han estado ustedes en México?). Un segundo de silencio, una mirada de complicidad entre ellos, y la respuesta fue: -Bueno, sólo yo, dijo ella, en español. ¿Por qué, cómo lo sabes? continuó ella. -Ah, pues reconozco a esa imagen en cualquier lugar fuera de México y señalé su cuello. Me sonrió. Es la Vírgen de Guadalupe, todo mexicano la reconocería sin importar su creencia, le dije. Me sonrió aun más. El chico, no decía nada, su silencio evidenció que no sabía español, optó por mirar a través de la ventana y ver el lluvioso paisaje que se ofrecía entre Gullmarsplan y Skanstull.
La conversación se despachó para dos. He estado tres veces y quiero vivir allá, dijo. Trabajé un tiempo en Guatemala pero primero hay que pasar por México. Hay muchos lugares interesantes en tu país pero Oaxaca es mi favorito, respondió ante mi "interrogatorio". Sonría y sonreía cada que articulaba sus palabras para pronunciar un español-blatte -así como nosotros hablamos sueco-blatte-. Creo que le fue gratificante practicarlo un poquito, se sentía dura la conversación pero por la limitación de la fluidez, no por otra cosa.
¡¿Ah, lees el periódico!? -a forma de continuar la conversación-. Sí, practico tu lengua, jaja. ¿A ver? -y extendió la mano para que le ofreciera el periódico-. ¿Subrayas palabras, por qué?. Es que son las palabras que no conozco, así hago primero, luego llego a casa y las busco en el diccionario. Vaya, pues no son muchas, entonces hablas bien sueco, aseveró. Nä... necesito practicarlo mucho, ya sabes, no es sencillo, le respondí.
¿Cuánto llevas en Suecia?. Cumpliré dos años en junio, el 10 de junio para ser exactos llegué de México. ¿Dos años? ¡y ya lees el periódico en sueco!, qué bien, pero por qué aprendes sueco, es tan pobre idioma, no muchos lo hablan, para mí no tiene sentido, no les comprendo, argumentó ella.
Bueno, pues, si uno vive aquí es como hasta cierto grado una necesidad. Cierto, me pondré a repetir mis lecciones de español, si es que planeo vivir en Mexico. Creo que si, mucha suerte, le dije, Skanstull es mi destino y he nos aquí. Ha det så bra så länge!, le ofrecí.
Pero antes de descender del convoy apeado en la estación volté hacia ellos a forma de confirmar el momento alegre que fue para ambos. Ella me regalo una sonrisa más y dijo para mí, casi susurrando pero perceptible: ¡Viva México!.
Después, ese mismo día, sin caso del momento, de la conversación, de que supiera mi anécdota de la mañana y de forma expontánea mi ST me dijo: Älskling!, vet du vad?, jag är sugen på Mexiko-¡Amorcito!, ¿sabes qué?, tengo ganas de México-. Me alegré más y un pensamiento que ya había tenido anteriormente me vinó de nuevo a la cabeza. Yo no me veo viviendo en Suecia el resto de mi vida. Estoy seguro que el día en que mi ST le conozca me dirá: Älskling!, när skulle vi flytta hit? -¡Amorcito!, ¿cuándo nos mudamos aquí?-.